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¿Qué se puede considerar un éxito en la política exterior?

"El éxito en política exterior es difícil de predecir y es aconsejable evitar los anuncios optimistas prematuros", advirtió el vicerrector de la UTDT y consideró que la Argentina debe concentrar su política exterior en la negociación con el FMI y la relación con Brasil.

Juan Gabriel Tokatlian

Un buen número de estudiosos de las relaciones internacionales, así como algunos diplomáticos, han intentado precisar qué significa y cómo se pondera el éxito o el fracaso en política exterior. A pesar de que no existe unanimidad, hay acuerdo en cuanto a un conjunto de elementos para tener en cuenta siempre que se evalúa una política exterior.

Es importante, primero, comprender el contexto en el que opera: disponer de un diagnóstico riguroso de las condiciones internacionales, regionales y nacionales que inciden sobre un país en una coyuntura determinada. Esto permite identificar las restricciones, oportunidades, fortalezas y vulnerabilidades que influyen en el comportamiento externo de una administración.

El éxito en política exterior es difícil de predecir y es aconsejable evitar los anuncios optimistas prematuros. La historia diplomática argentina es un ejemplo de lo desatinados que resultan las conjeturas y los presagios. Como lo subraya Roberto Russell, el “síndrome de la desmesura” ha sido una nota reiterada de nuestra política exterior. Una desmesura que obedeció a la abundancia de atributos de poder que tuvo la Argentina y que hoy solo se explica por la nostalgia que le ha producido su pérdida. La “lluvia de inversiones” anunciada a comienzos del gobierno de Cambiemos, terminó rápidamente siendo la inundación del endeudamiento. Por poner solo el ejemplo más reciente.

Además de no sobreactuar, es fundamental también tener precisión sobre los objetivos deseables o los que serían favorables. Es imperativo explicitarlos y así evitar modificaciones arbitrarias o evaluaciones acomodadas. La precisión deberá venir acompañada de una buena relación medios-fines y un buen cálculo costo-beneficio. En esencia, la pregunta central a responder es: ¿se obtuvo el objetivo esperable, con un dividendo tangible, a un costo aceptable, preservando el prestigio y la reputación y sin generar una nueva crisis o amenaza? En esa dirección, es clave no confundir el corto y el largo plazos.

Por ejemplo, George W. Bush tuvo una victoria militar relámpago en la invasión a Irak en 2003 pero un fracaso político elocuente al terminar su segundo mandato. El éxito efectivo, en breve, no debe confundirse con un triunfo pírrico; el éxito de un resultado se mide por su carácter sustantivo y sostenible.

Adicionalmente es relevante distinguir entre diseño e implementación. El éxito en política exterior tiene que ver con lo segundo, pero la buena ejecución es producto de un buen plan. Un buen plan exige reconocer que un gobierno tiene prioridades y se encuentra en una interacción estratégica con otra(s) contra-parte(s).

En consecuencia, la interacción con el otro es crucial. Es clave subrayar lo que hay en juego en torno a un asunto concreto; la distribución de poder entre los actores involucrados; la variedad y la calidad de los recursos propios disponibles; los compromisos cumplibles; los potenciales costos para ambas partes; los eventuales obstáculos para alcanzar la meta trazada y los cursos de acción alternativos, entre otros.

En síntesis, las posibilidades de éxito en materia internacional no son fruto de la improvisación, sino que demandan planeación; una planeación que, a su turno, aporta a la praxis. Un ejemplo contundente y muy costoso de ausencia de diseño y pobre implementación fue Malvinas.

Un componente adicional al analizar el éxito en política exterior es aquel que se interroga sobre el para qué. En regímenes democráticos los líderes procuran re-elegirse mientras en regímenes autoritarios buscan perpetuarse.

En materia diplomática, puede predominar el interés personal, el gubernamental o el nacional. Resulta entonces esencial observar si el éxito al que se apunta en una cuestión específica es satisfacer lo individual, lo oficial o lo colectivo. Hay varios ejemplos históricos de líderes que han centrado la política exterior de una administración en un asunto cuyo eventual resultado exitoso le garantice su continuidad, apuntale su gobierno o fortalezca lo mayoritario. Es entonces imprescindible siempre discernir el propósito explícito o tácito del liderazgo político.

Finalmente, una política exterior exitosa debiera incrementar el poder relativo de una nación, afianzar la identidad internacional de un país y mejorar el bienestar de los ciudadanos. Perder poder, debilitar la identidad y empeorar las condiciones de vida significa un fracaso, así se quiera hacer gala de logros retóricos, pasajeros y frívolos. La experiencia mundial y argentina está llena de ejemplos al respecto. El gobierno del Frente de Todos, a mi entender, debe concentrar la atención de su política exterior en dos cuestiones: la negociación con el FMI (y los bonistas privados) y la relación con Brasil. En ambos casos hay un aprendizaje histórico que puede y debe nutrir el diseño y la implementación de una estrategia.

En los dos temas es prioritario definir cuál es el objetivo que se pretende, cuáles las herramientas reales a disposición del país, qué costos se está dispuesto a asumir y de qué modo se pueden eludir nuevas fricciones en esos dos frentes que, a estas alturas, implicarían una mayor pérdida de poder, un mayor deterioro social y el colapso de la auto-estima.