Recalibrar la política exterior

Recalibrar la política exterior

El próximo gobierno deberá examinar el lugar de la Argentina en el mundo, y no por elección subjetiva, sino por necesidad objetiva. El balance ponderado del modo y el alcance de la inserción del país en la última década, junto con la correcta comprensión de la notable complejidad global, de la cambiante situación regional, de las fuertes restricciones externas y de algunos activos internos, permitirá recalibrar la política exterior argentina.

Es usual entre algunos analistas esbozar probables orientaciones diplomáticas del mandatario entrante a partir de la identificación de potenciales cancilleres (por ejemplo, técnicos o políticos), ciertos países (por ejemplo, las relaciones con Estados Unidos y China) o asuntos (como la inversión y la seguridad). Por su parte, los candidatos se apresuran muchas veces a recitar el manual de lo que “debe ser” un “país serio” en el mundo: abundan frases del estilo “habrá que acercarse a Washington”, “China es un nuevo faro a seguir”, “pertenecemos fundamentalmente a Occidente”, “es imperativo atraer capitales del exterior”, “hay que sumarse a la cruzada contra los narcóticos”, “es indispensable redefinir los vínculos con Brasil”, “remozaremos el Mercosur”. Pero eso no constituye un mapa de ruta de la inserción internacional del país; son expresiones vagas que, algunas veces, presagian agendas ocultas en cuanto a la praxis futura de la política exterior.

Es también corriente que el futuro presidente prenuncie, primero de modo discreto en un círculo reducido de poderosos actores domésticos y externos, y después de manera abierta a la sociedad, que está dispuesto a refundar la política exterior. Cabe recordar que, con civiles y militares por igual, cada refundación ha estado seguida de logros o ventajas de corto plazo a raíz de concesiones significativas, pero en el largo plazo los costos y pérdidas han sido muy altos y dañinos. Posiblemente, en esa tentación refundacional radique parte de la explicación del largo declive argentino en la política mundial y continental.

Un modo alternativo de comprender el valor y el sentido de recalibrar la política exterior es replanteando los términos del análisis y evitando los pronunciamientos inmediatos y las promesas desmesuradas: el mundo no está esperando a la Argentina, ya que sólo a través de sus propios recursos y de mayor prestigio el país tendrá una voz más audible e influyente en los asuntos globales.

Tres cuestiones son, entonces, esenciales. Primero, elaborar un diagnóstico. Hay cuatro preguntas centrales que los candidatos presidenciales y sus grupos de trabajo temático deben formularse y responderse antes de llegar al gobierno: a) ¿qué característica tiene el mundo actual y cuáles son las principales tendencias identificables?; b) ¿qué sucede en la vecindad y cuáles son los desafíos inminentes del área?; c) ¿en qué mundo y región se salvaguardan más y mejor los intereses y valores nacionales?; y d) ¿de qué modo, con qué instrumentos y mediante qué perfil se procurará hacer viable y factible una respuesta efectiva a la pregunta anterior?

Segundo, tener una concepción estratégica por parte del liderazgo político y sus sectores de apoyo. Esto implica: a) realizar una evaluación realista de las oportunidades y constreñimientos internacionales, así como de las fortalezas y debilidades internas; b) promover una opción de inserción estratégica que cuente con el mayor consenso doméstico alcanzable; c) asegurar la capacidad de movilización de los recursos humanos, materiales y simbólicos en pos de esa opción, y d) fortalecer la estructura institucional que haga posible el despliegue eficaz de aquella opción.

Tercero, contar con un horizonte de largo plazo y hacerlo explícito ante la sociedad. Esto trasciende al caso argentino y al contexto electoral: en el mundo se asiste a un proceso intenso e intrincado de reconfiguración de poder y de reacomodamiento de los países que no buscan definirse a favor o en contra de un país o conjunto de países. Tampoco a favor de un activismo desproporcionado o de un aislamiento ostensible, o de la confrontación plena o de la resignación dependiente, o de la erosión del poderío estadounidense o del ascenso benevolente de China. Nadie hoy está recalibrando su política exterior con los parámetros de la Guerra Fría, de la etapa posterior al colapso de la Unión Soviética, del pos-11 de septiembre de 2001 o de la crisis financiera de Estados Unidos de 2008. Si hubiera un modo de calificar lo que hoy prevalece urbi et orbi es mediante unametáfora oftalmológica.

Están los países que sufren de miopía y que tienen una imagen borrosa del mundo y no alcanzan a definir con claridad sus objetivos vitales. Están los países que sufren de presbicia y pierden la capacidad de enfocar sus intereses en juego en un mundo en acelerada mutación. Están los países que sufren de estrabismo pues no pueden fijar sus prioridades, ya que prevalece un fuerte disenso, y mientras unos actores internos miran en una dirección, otros lo hacen en una orientación totalmente contraria. Y están los países con sana visión: su secreto es fortalecer los músculos (sus atributos de poder en clave de política exterior) y fijar la vista (tener una gran estrategia en clave de política exterior). La Argentina se debe un debate y una evaluación rigurosa respecto de su inserción regional y mundial. De hoy al 10 de diciembre, el nuevo presidente podría dedicarle más tiempo a recalibrar la política exterior bajo criterios y parámetros menos convencionales y ortodoxos y más razonables e innovadores.

*Director del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la UTDT

Autor Juan Gabriel Tokatlian
Edición La Nación, Argentina. 19 de octubre de 2015
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