Por una política exterior no dogmática

Por una política exterior no dogmática

Mientras se va perfilando la orientación y el contenido de la política exterior del nuevo gobierno, ya se adelantan algunos análisis de sus principales rasgos como resultado de las afirmaciones del presidente Mauricio Macri; de los temas sobresalientes en el discurso oficial; de los nombramientos (funcionarios y embajadores) del Ministerio de Relaciones Exteriores; de las entrevistas a la canciller Susana Malcorra y a otros ministros sobre asuntos regionales y globales, tanto políticos como económicos; del estilo de gestión en términos de pronunciamientos y matices; de los viajes y la agenda de los miembros clave del Ejecutivo; de las medidas internas (por ejemplo, narcotráfico, AMIA, devaluación) que tienen impacto externo en cuanto a las relaciones hacia determinados Estados y frente a actores no gubernamentales, entre otros. Con base a esas señales ya hay voces que, de manera prematura, hablan de un presunto liderazgo en ciernes de parte de la Argentina en América latina.

Independiente de ese tipo de conjeturas que parecen apresuradas hay dos datos preliminares que, dependiendo de su alcance, definirán el tipo de política exterior de este gobierno en el corto plazo: el acento en el cambio y la ideología.
Como todo gobierno de signo político distinto al saliente, Macri y su gabinete procuran subrayar las diferencias respecto del período kirchnerista. Caben entonces dos consideraciones. Por un lado, ningún cambio es neutral: se hace en función de intereses específicos y pretende reorientar la política exterior. Siguiendo el conocido discurso de la diplomacia, el actual gobierno habla de un trabajo hacia afuera en función de la salvaguardia y promoción de los intereses nacionales. Por eso resulta imprescindible evaluar, con el paso de los meses, si una mayor pluralidad de intereses sectoriales, sociales y políticos serán defendidos e impulsados, o si invocar el reconocimiento y fomento de los intereses colectivos es apenas un gesto retórico.

Y a su turno habrá que examinar adónde apunta y de qué magnitud será la reorientación del comportamiento internacional del país. Es posible reestructurar la diplomacia en su totalidad, reformular algunas metas y medios o retocar ciertos aspectos puntuales.
Por otra parte, la ideología es usual en política exterior, pues toda política pública, incluida la internacional, se sustenta en un determinado sistema de creencias o cosmovisiones respecto del orden interno deseable y del orden mundial preferible. De allí surgen dos cuestiones. Primero, qué tipo de ordenamiento interno y externo se pretende impulsar y lograr. Un diagnóstico equivocado de la realidad doméstica y global puede llevar a confundir lo anhelado con lo alcanzable, y el error en el cálculo podría tener efectos impredecibles en el terreno doméstico. La segunda cuestión a atender es qué tipo de consecuencias genera el predominio de una determinada mirada ideológica. En general, cuando la ideología se convierte en el principal inspirador de la inserción internacional de un país, más temprano que tarde se termina asumiendo riesgos innecesarios y costos significativos.

Algunos observadores destacan que lo que caracteriza al macrismo en el poder es lo “pragmático”, característica que, indican, se percibirá con el tiempo en la política exterior. En este caso, la cuestión básica es saber qué es actuar pragmáticamente. El pragmatismo es como el colesterol: hay uno bueno y uno malo. Si ser pragmático es ajustarse a las restricciones externas de manera obediente; acoplarse de forma subordinada a los objetivos de un solo conjunto de actores (sea a Occidente, a los poderes emergentes, etc.); actuar globalmente guiado por razones prácticas y sin contemplar los principios; privilegiar los eventuales dividendos de un vínculo asimétrico con algunos países y actores no estatales antes de aumentar, junto con los pares de la región, el poder negociador en los asuntos mundiales, el pragmatismo será malo. Se trataría, en esencia, de un pragmatismo dependiente.
Si, por el contrario, ser pragmático es asumir una conducta que eluda la hiperideologización en el manejo de la política exterior; que pondere siempre el balance entre intereses y valores; que reconozca con razonabilidad los atributos de poder que realmente se poseen para desplegarlos sin grandilocuencia en la región y el mundo; que asuma la importancia estratégica de aumentar y asegurar espacios propios de acción, asistiremos a un buen pragmatismo. Se trata, en esencia, de un pragmatismo autonómico. Aún es prematuro juzgar el tipo de pragmatismo que caracterizará la política exterior de Cambiemos.

Lo ideológico y lo pragmático siempre informan a la política exterior de un país. La presencia de la ideología no es per se censurable, ni el pragmatismo es inexorablemente virtuoso. El real problema en política exterior es el dogmatismo. Ser dogmático es ser rígido, ingenuo y acrítico. Y ésta ha sido una nota demasiado recurrente de la política exterior argentina cuando los gobiernos, en algún momento de su gestión, se han manifestado a través de posturas y propósitos maximalistas, inmediatistas e inflexibles. Es de esperar que la presidencia de Macri no tropiece con su variante de dogmatismo. En esta hora de la Argentina y el resto del mundo necesitamos minimalismo, gradualidad y flexibilidad.

Autor Juan Gabriel Tokatlian
Edición La Nación, Argentina.
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