Picos de pasión y tensión con EE.UU.

Picos de pasión y tensión con EE.UU.

Es probable que la acusación de proteger al ex espía Antonio “Jaime” Stiuso sea el último conflicto de la etapa kirchnerista con Estados Unidos creado o exacerbado inútilmente desde Buenos Aires. Acaso el eslabón postrero y dislocado de una relación signada por una creciente distancia. A excepción de sus primeros trece meses de gobierno, los dos mandatos de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) coincidieron con las dos administraciones de Barack Obama. CFK arrancó mal con Bush, con quien tenía fuertes diferencias ideológicas y por quien sentía poca simpatía personal, y terminó mal con Obama, un presidente algo más cercano a su narrativa, pero con el que no logró establecer vínculo alguno. CFK nunca visitó la Casa Blanca y Obama nunca puso un pie en la Argentina. Los encuentros que tuvieron, cinco en total, fueron en el marco de reuniones multilaterales y de poca sustancia.

El papel del gobierno de Estados Unidos fue más de reacción que de acción, optó más por seguir la marcha de los acontecimientos antes que tratar de determinarlos. Marcó la cancha en temas de su interés y no se quedó de brazos cruzados: dejó en claro que su principal objetivo era que la Argentina cumpliera sus compromisos con los acreedores externos, un asunto en el que ni Bush ni Obama estuvieron dispuestos a admitir heterodoxias. En varios temas en los que hubo desavenencias, el gobierno de Obama no se inquietó demasiado; las entendió como diferencias “lógicas” con la Argentina que resultaban de intereses nacionales distintos u opuestos. El problema central radicó en los frecuentes picos de tensión y sus secuelas, que dejaron marcas y acotaron la agenda de cooperación, especialmente en temas de alto interés bilateral -terrorismo, narcotráfico, no proliferación y derechos humanos- en los que la Argentina pasó del lugar de reconocido aliado o modelo a una especie de limbo a la espera de un nuevo curso.

A pesar de su vocación fundacional, CFK no logró establecer un nuevo paradigma de política exterior capaz de transmitirse como un legado a quienes la sucedan. Tampoco pudo o no quiso establecer un marco para encuadrar la relación con Estados Unidos en el que se pudieran trabajar diferencias y coincidencias. Optó por una alta intensidad sonora que minó la confianza y redujo como pocas veces la densidad de la relación. De este modo, su gobierno contribuyó a acentuar una tendencia que precede al kirchnerismo: la disminución del interés relativo de Washington en la Argentina debido al retroceso del país y su pérdida de posiciones internacionales. A este fenómeno se une otra tendencia más reciente: la disminución de centralidad relativa de los Estados Unidos para la Argentina, un dato de la realidad de un mundo en cambio que pone el vínculo bilateral en un cuadrante distinto.

La historia de desencuentros lleva a pensar que no será sencillo terminar con las oscilaciones. Hay una especie de ADN del lado argentino que juega en sentido contrario y una inclinación nacional a buscar soluciones fuera del país, perdiendo la noción de equilibrio en la política exterior. Esta disposición a bandearse también podría llevar a que los picos de tensión de estos años procuraran reemplazarse por picos de pasión, tan nefastos como los primeros, en busca de una relación especial con Estados Unidos que no tiene cabida para la Argentina. El pico de pasión de la breve etapa de Galtieri se abortó abruptamente durante la Guerra de Malvinas luego de que Estados Unidos tomó partido por Londres. Los picos de pasión de los años noventa no alcanzaron para que Washington saliera en auxilio de la Argentina en los meses posteriores a la crisis de 2001/2. Tensión y pasión han constituido la expresión extrema de bamboleos improductivos que encuentran su principal fuente de explicación en una clase política propensa a la sobreactuación y en un régimen político caracterizado por la alta concentración del poder en la Presidencia.

Usé aquí el término distancia como sinónimo de frialdad y de desinterés recíproco. Pero hay otra distancia entre la Argentina y Estados Unidos que tiene que ver con la geografía, con el ocaso de la hegemonía estadounidense en buena parte de América del Sur y con las nuevas opciones internacionales con las que cuenta la Argentina. Como toda nación que ha declinado, la Argentina necesita evitar confrontaciones innecesarias y contar con amigos. No debería prescindir de una buena relación con Estados Unidos. Hay aquí incluso un aspecto paradójico y acaso aún prematuro: la Argentina, como la gran mayoría de los países de América latina, procuró históricamente compensar el poder estadounidense estableciendo vínculos con otras naciones o regiones extrahemisféricas. Este papel fue asignado a Europa, a algunas naciones del Sur y hasta al bloque soviético. Hacia adelante, Estados Unidos podría convertirse -y aquí está la paradoja- en un inesperado factor de equilibrio y compensación de nuevas relaciones asimétricas como las que pueden darse entre Buenos Aires y Pekín.

Washington seguirá poniendo sus prioridades externas en otras partes del mundo y cuando lo haga en América latina seguramente no será en la Argentina. Sin embargo, su distante vecino del Sur podría llegar a ser un socio importante en el manejo de temas de interés común. No deja de ser sorprendente que la relativa “simplicidad” de la agenda bilateral y la ausencia de verdaderos antagonismos no hayan podido traducirse en un vínculo más sensato y productivo que incluya las diferencias lógicas, reste las desmesuras y potencie en forma positiva los temas en los que los dos países comparten intereses. Sobre la base de lo expuesto hasta aquí, cabe preguntarse, con cierto escepticismo, si la oportunidad para un nuevo comienzo será esta vez aprovechada.

Autor Roberto Russell
Edición La Nación, Argentina. 5 de octubre de 2015
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