Multilateralismo en crisis

Multilateralismo en crisis

La duodécima cumbre del G-20 en Hamburgo permitió constatar su lánguido estado. Independiente de las usuales citas bilaterales informales entre mandatarios, el documento final—que no es vinculante–careció de un foco acotado y estratégico, recogió tal cantidad de asuntos que fue difícil deducir los prioritarios y no resultó evidente de qué modo se harán efectivas las promesas anunciadas en medio de un contexto marcado por la incertidumbre económica, la creciente impugnación de la globalización y la exacerbación de tensiones geopolíticas.

El país anfitrión, en medio de un proceso electoral, optó por avanzar un temario exageradamente ambicioso; algo que no fortaleció este foro sino que reafirmó la sensación de falta de horizonte, coordinación y acatamiento.

Lo sucedido en Alemania es, en realidad, un síntoma de una situación más compleja que se expresa en múltiples ámbitos y ante distintos temas de la agenda internacional y que no obedece a una cuestión de voluntad: la crisis del multilateralismo en el marco de una intrincada y profunda mutación de poder mundial.

Los ejemplos son múltiples y elocuentes. La pérdida de gravitación del otrora poderoso G-7; el resquebrajamiento de la Unión Europea con la salida de Gran Bretaña de la UE; la parálisis de la Ronda Doha en materia de negociaciones comerciales; la escasa valoración de las Cumbres Iberoamericanas, que desde 2014 se volvieron bianuales después de que en la de 2013 solo asistieran 10 de los 22 mandatarios con derecho a asistir; y el boicot de las países nucleares y sus principales aliados contra el borrador de la Convención para la Prohibición de Armas Nucleares, que contó con el apoyo de 122 naciones.

A eso se suma el debilitamiento de la Corte Penal Internacional a raíz, entre otras, de la decisión de Estados Unidos en 2002 de retirar la firma del Estatuto de Roma (que había firmado en 2000), de la decisión de Rusia en 2016 de hacer lo mismo (había firmado el Estatuto en 2000), y de la decisión de Burundi de retirarse de la Corte a partir de octubre de 2017; el abandono de Indonesia de la OPEP; el alejamiento de Mauritania de la Comunidad Económica de África Occidental; la salida de Uzbekistán (que se suma a la de Azerbaiyán y Georgia) de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva promovida por Rusia; el anuncio del Presidente Donald Trump de que Estados Unidos se retira del Acuerdo de París sobre cambio climático; la amenaza reciente de Washington de dejar el Consejo de Derechos Humanos de la ONU si no se producen “reformas”; y la posible renuncia o expulsión de Qatar del Consejo de Cooperación del Golfo.

Además se observa otro dato preocupante: el aumento en el uso del veto en el Consejo de Seguridad de la ONU por parte de Rusia (15), Estados Unidos (11) y China (8) de 2001 en adelante y, en comparación con los noventa, cuando esos tres países en conjunto utilizaron el veto solo en 9 ocasiones. En el plano regional se replica lo que sucede en el internacional: estancamiento de MERCOSUR; paralización de UNASUR; intrascendencia de CELAC; incapacidad de la OEA, irrelevancia de la Cumbre de las Américas, entre otros.

La crisis del multilateralismo patentiza un problema grave de legitimidad que se ha ido incubando por años pero que se agudizó con el aceleramiento de la redistribución de poder; redistribución que, a su turno, refleja el debilitamiento del orden liberal internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial y forjada, en esencia, por Occidente. Si el multilateralismo sintetiza una combinación de principios generalizados, reciprocidad difusa, relaciones coordinadas y gobernanza temática, entonces es evidente que los cambios en la estructura de poder mundial, la reconfiguración de la matriz Estado-sociedad-mercado y la (re)construcción de ideas imperantes impactan decisivamente sobre lo multilateral.

La fragmentación y el impasse en el seno del G-20 confirma el inquietante declive del multilateralismo.

A la Argentina le corresponde la realización, en 2018, de la próxima cumbre. El Presidente Macri inscribió la solicitud de presidir por un año el G-20 en lo que ha denominado “volver al mundo”. Pero la evaluación del contexto global que hizo el gobierno antes de su postulación, así como la estrategia concreta que pretende desplegar más allá de la retórica de ocasión, es más difusa: llevar la voz latinoamericana a ese foro y promover el libre comercio ante la tentación proteccionista. Ante el entorno internacional e interno descrito, quizás lo más sensato sea adoptar dos políticas simultáneas: por un lado, una de control de daños para evitar el fracaso anticipado de la cumbre de 2018 y, por el otro, una propositiva orientada a concentrar la agenda en dos o tres prioridades relativamente alcanzables.

Autor Juan Gabriel Tokatlian
Edición Clarín, Argentina