La reconciliación de Obama: Cuba y Argentina

La reconciliación de Obama: Cuba y Argentina

La visita del Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a Cuba no admite una lectura única y simplificada. Se trata de un hecho trascendental que demanda una mirada amplia y un enfoque múltiple.

En primer lugar, marcó el ocaso definitivo de la Guerra Fría en América. Ninguna otra relación bilateral en nuestra región desde el estallido de la Revolución Cubana ni ninguna otra después del colapso de la Unión Soviética tuvo la singularidad de revelar de manera tan nítida la lógica de la Guerra Fría en cuanto al vínculo entre las dos superpotencias y los países inscriptos en sus zonas de influencia. Tres rasgos fundamentales caracterizaron a esa lógica: el predominio de la diplomacia coercitiva, la noción de soberanía limitada y la obsesión ideológica. Estos rasgos se expresaron en el despliegue de una política centrada en la amenaza y el uso de la fuerza, ya sea de modo abierto o clandestino; el rechazo a que los Estados adoptaran internamente el modelo político y económico de su preferencia; y el manejo de las relaciones exteriores hacia el país periférico fundado en un sistema de creencias que desdeñaba la negociación y dominado por el dogmatismo. La presencia de Obama en Cuba fue el testimonio del cierre del capítulo más largo y costoso de la Guerra Fría en el continente. En sus palabras: “Vine aquí para dejar atrás los últimos vestigios de la Guerra Fría en las Américas”. A lo que agregó: “Estados Unidos no tiene ni la capacidad ni la intención de imponer cambios en Cuba (…) cada país, cada pueblo debe forjar su propio destino, su propio modelo”.

En segundo lugar, este hito histórico fue posible por transformaciones significativas—políticas, económicas, demográficas, entre otras— tanto en Estados Unidos como en Cuba que generaron las condiciones favorables para un nuevo diálogo. Un gran experto en materia de negociación, I. William Zartman, ha estudiado y comprobado que los espacios y ámbitos para la transacción se abren cuando existe un “hurting stalemate”; esto es, un estancamiento perjudicial que lleva a los líderes, como ha sido en este caso, a establecer contactos, reanudar conversaciones y asumir compromisos. El fracaso de la tradicional política de Washington de aislamiento y hostilidad hacia La Habana llevó a Obama a impulsar  un cambio de estrategia que se traduce en una nueva política de compromiso centrada, en esta primera fase de acercamiento, en las relaciones directas con la sociedad civil.  A su vez y en lo fundamental, el gobierno de Raúl Castro favoreció el deshielo con Estados Unidos debido a la severa situación económica de la isla, la crisis política en Venezuela y el debilitamiento creciente de la épica antiestadounidense como instrumento de cohesión nacional y de apoyo a la revolución. La visita puso de manifiesto que aún existen grandes diferencias entre ambos países y varias cuentas pendientes que no será sencillo saldar: el levantamiento del embargo económico, la base de Guantánamo, la cuestión de la democracia y los derechos humanos. También hizo más visibles numerosos intereses que ambos países comparten y que ya venían dando lugar a la puesta en práctica de diversos y poco conocidos mecanismos de cooperación bilateral, por ejemplo, en materia de comercio, seguridad marítima, regulación de migraciones, operaciones anti-drogas, impacto del cambio climático y desastres naturales.

En tercer término, no se puede ignorar el papel desempeñado por América Latina a favor de este cambio auspicioso. En los años setenta y ochenta, tan solo voces aisladas señalaban a Cuba como una parte indivisible de la familia de naciones americanas, la injusticia del bloqueo y la necesidad imperiosa de normalizar los vínculos cubano-estadounidenses. Desde el advenimiento de las democracias en la región hasta las últimas cumbres americanas, gobiernos de distinto signo dieron más fuerza, alcance y legitimidad a estos señalamientos que pasaron a ser un reclamo ampliamente compartido, uno de los pocos temas capaces de generar un alto consenso político en América Latina y, por este mismo, fue una línea de fractura permanente e insalvable entre Washington y la región. Sin duda, Estados Unidos y Cuba se han “sentado a la mesa” de diálogo por motivos e intereses propios, pero Latinoamérica siempre estuvo presente exigiendo que se llegara a este ansiado momento. Si la región hubiera sido impávida frente al caso cubano posiblemente la Casa Blanca se hubiese demorado más en iniciar el proceso de acercamiento que se produjo.

En cuarto lugar, cabe tener en cuenta el peso que ha ejercido en este proceso la redistribución del poder e influencia globales. Es claro que la proyección y participación de actores extra-regionales en la región se ha intensificado ampliando las opciones de diversificación de América Latina y que el mundo hoy da más juego a las políticas exteriores de los países del área. El paso dado en relación a Cuba apunta a mostrar que Washington pretende reasegurar su presencia en la amplia Cuenca del Caribe—su principal perímetro de defensa—y no perder negocios y socios ante el avance de China y de otros países. Esto último también explica en buena medida que el presidente Obama extendiera su viaje a la Argentina luego de su visita a La Habana aprovechando el cambio de signo político del nuevo gobierno en el país del Cono Sur que implica un claro giro hacia posiciones más en línea con los intereses de Estados Unidos en la región.  Durante los años del kirchnerismo, en particular durante el segundo mandato presidencial de Cristina Fernández de Kirchner, la Argentina fortaleció sus relaciones con China y Rusia al tiempo que mantenía una vinculación de “frialdad distante” con Washington.

Es probable que las visitas a Cuba y la Argentina sean las últimas a la región por parte del Presidente de Estados Unidos. Al final de su gestión, ambas tienen en común una aspiración ambiciosa a pesar de haber sido impulsadas por motivos diferentes y con un timing distinto: recuperar una presencia simultánea en el Caribe y en Sudamérica. Ello coincide, a su turno, con las serias dificultades que atraviesa el así llamado eje bolivariano y con el debilitamiento paralelo de la proyección de influencia tanto de México en América Central como de Brasil en América del Sur.

 

* Profesores de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella (Buenos Aires, Argentina). Miembros del Programa de Relacione Internacionales de América Latina (RIAL).

Autor Roberto Russell y Juan Gabriel Tokatlian
Edición Ahora, España. 1 de abril de 2016.
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