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Polarización y política exterior

Es un lugar común decir que la Argentina está polarizada. Si bien es usual, aquí y en otras latitudes, que durante las campañas políticas las fuerzas partidistas enfaticen sus diferencias y lo hagan de modo locuaz, el estado de “polarización perpetua” es disfuncional. Y lo es no solo para la gestión cotidiana de un gobierno,... Read more »

Juan Gabriel Tokatlian

Es un lugar común decir que la Argentina está polarizada. Si bien es usual, aquí y en otras latitudes, que durante las campañas políticas las fuerzas partidistas enfaticen sus diferencias y lo hagan de modo locuaz, el estado de “polarización perpetua” es disfuncional. Y lo es no solo para la gestión cotidiana de un gobierno, sino que puede entorpecer seriamente el manejo de la política exterior.

No hay buena defensa de los intereses nacionales en el ámbito internacional con una constante polarización interna. No se trata del proverbial declive del país, sino de alertar sobre las graves consecuencias si no despolariza su diplomacia. Los problemas estructurales acumulados son monumentales y muchos no lo advierten.

 

¿Qué significa, cómo se despliega y cuáles son las consecuencias de la polarización en política exterior? Polarizar implica la presencia simultánea de puntos de vista o cosmovisiones fuertemente opuestas sobre asuntos claves.

La polarización no se asienta en el vacío; existen factores y dinámicas culturales, económicas y políticas que la nutren y agudizan. En su expresión extrema, la polarización no solo crea desconfianza entre grupos sociales, sino que puede expresarse en el aborrecimiento de los otros.

En general, se polariza desde la cúpula y de manera consciente. Cuestiones materiales, tanto recientes como antiguas, van creando un ambiente factible de polarizarse. También hay actores políticos que de modo soterrado la promueven. Por lo anterior, despolarizar es muy difícil, toma mucho tiempo y exige cambios importantes.

En el terreno de la política exterior la polarización genera múltiples problemas. Primero, dificulta la generación y el asentamiento de compromisos básicos sobre temas fundamentales.

Veamos el caso Malvinas. Hemos ensayado elevar o bajar los costos que tiene para Reino Unido mantener las islas; enfatizar la dimensión bilateral o multilateral en el manejo la cuestión de la soberanía; confiar más en los vecinos regionales o en las potencias centrales para avanzar el reclamo ante Londres; bajar o subir el perfil y el tono crítico del tema; y ponderar o desdeñar el valor de los isleños. Esos vaivenes han sido (y seguirán siendo) costosos para la Argentina. Si continuamos polarizando la política exterior perderemos la exigua capacidad negociadora que aun tenemos así cada gobierno se ufane de que tiene, supuestamente, una “política de Estado” hacia Malvinas.

Segundo, la polarización afecta el logro de convergencias políticas en el marco del Congreso. Hay dos ejemplos precisos. El Memorándum de Entendimiento Argentina-Irán de 2013 devenido tratado al ingresar al legislativo para su aprobación, produjo un clivaje notorio entre el gobierno y la oposición. Algo semejante ocurrió con el Memorándum Foradori-Duncan entre la Argentina y el Reino Unido de 2016 que, sin llegar a tratarse legislativamente como un tratado para ser aprobado, produjo otro clivaje patente entre el gobierno y la oposición. Los acuerdos, protocolos y convenciones que se suscriben no deberían ser objeto de disputas tan categóricas que hagan inviable su ejecución al dividir al país.

Tercero, la polarización en materia de política internacional no contribuye a reconsiderar los errores o fracasos. ¿Cuál ha sido el aprendizaje derivado de políticas de activo alineamiento y des-alineamiento hacia Estados Unidos desde los 90s hasta la fecha? ¿Qué lección se extrajo de los reiterados fiascos con el Fondo Monetario Internacional? ¿Qué enseñanza ha producido una relación cada vez más estrecha con China que, sin embargo, ha reforzado la re-primarización de la economía? ¿Qué deja el notable viraje en estos años de la relación con Venezuela? ¿Qué evaluación en términos de costo-beneficio se ha hecho de los lazos con Occidente y con el Sur global?

La insistencia en polarizar la política exterior ha sido contraproducente a los fines de recuperar credibilidad, acumular poder y ganar influencia. En el actual escenario mundial la polarización nos llevará a una creciente irrelevancia.

Cuarto, al polarizar las relaciones exteriores se torna improbable, sino imposible, establecer una gran estrategia. La realidad internacional exige disponer de una estrategia que combine política exterior y política de defensa.

Ambas deben estar entrelazadas y hay que crear incentivos de mediano y largo plazos para ello. La polarización estimula el corto plazo y el dividendo electoral inmediato; lo cual induce, como un daño colateral, el divorcio entre la diplomacia y la defensa. La Argentina carece de una gran estrategia y la persistencia de este vacío la hace más vulnerable entre los vecinos y ante el mundo.

Seguramente en la contienda electoral que se avecina algunos temas de política exterior sean utilizados como parte del repertorio polarizador. Eso es inevitable. Pero el próximo gobierno no debiera exacerbar la polarización en materia internacional.

Quizás, de manera discreta, actores sociales diversos puedan ir gestando un compromiso tácito de fuerzas políticas en torno a aspectos centrales de la inserción de la Argentina. No se necesitan eslóganes grandilocuentes ni promesas de refundación.

Tampoco hay razones para esperar un gran consenso. Algo más modesto, como converger en un acuerdo básico en torno a algunos pocos asuntos pueda ser un primer paso en el esforzado camino de la despolarización de nuestra política exterior.

Juan Gabriel Tokatlian es Profesor Plenario de la Universidad Torcuato Di Tella.

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