Opinión - Publicado el

Sin orden interno no hay liderazgo

En todo sistema internacional, en condiciones de unipolaridad, bipolaridad o multipolaridad, existe una jerarquía de poder. La existencia de potencias intermedias en distintos subsistemas regionales es usual. América latina no es la excepción. Después de la Guerra Fría es notoria la ubicuidad geopolítica, el despliegue extrarregional y el reconocimiento externo de países del área caracterizados... Read more »

Juan Gabriel Tokatlian

En todo sistema internacional, en condiciones de unipolaridad, bipolaridad o multipolaridad, existe una jerarquía de poder. La existencia de potencias intermedias en distintos subsistemas regionales es usual. América latina no es la excepción. Después de la Guerra Fría es notoria la ubicuidad geopolítica, el despliegue extrarregional y el reconocimiento externo de países del área caracterizados por un estatus diferenciado en la estructura latinoamericana y mundial.

En América latina, desde la Posguerra Fría, han existido cuatro intentos de poderes regionales de convertirse en potencias internacionales. Las experiencias, distintas en su configuración, son idénticas en su resultado: todas se han frustrado. En los noventa, México y la Argentina, y a principios del siglo XXI, Venezuela y Brasil.

México, después de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1990 y del ingreso a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos en 1994, pretendió el salto de lo regional a lo internacional. La idea era que se transformara en un “jugador global” y en un “puente” entre Estados Unidos y América latina para un Área de Libre Comercio de las Américas.

La Argentina, en particular durante los dos mandatos de Carlos Menem, abrazó a los Estados Unidos, se sumó a la primera guerra contra Irak en 1990-91, cambió su perfil de votación en las Naciones Unidas y abrió completamente su economía. La idea era ingresar al Primer Mundo. En ambos casos se buscó usufructuar el entonces auge de la globalización neoliberal. Los dos optaron por plegarse a Washington en su hora triunfal presumiendo que la unipolaridad sería una condición perenne. Para los años 2000, por motivos diferentes, antes en la Argentina y más tarde en México, esas dos ambiciones naufragaron: más que jugadores influyentes en el mundo occidental, terminaron en el inframundo por la acumulación y exacerbación de serias dificultades sociales, políticas y económicas.

En los últimos tres lustros sobresalen los ejemplos de Venezuela y Brasil. La revolución bolivariana procuró aprovechar la erosión relativa de la hegemonía de los Estados Unidos en América del Sur, se apalancó en los altos precios del petróleo, promovió iniciativas regionales orientadas a impugnar a Washington y escogió una política internacional antioccidental. La idea era transformarse en una potencia revisionista con una voz audible entre los que apuntaban a deslegitimar el orden liberal. Brasil, en particular durante los mandatos del PT, intentó asegurar su presencia en América del Sur, promover reformas graduales en el ámbito mundial y estimular foros y acuerdos alternativos desde el sur global. La idea era devenir una potencia emergente que fuese visible y bienvenida en el club de los forjadores de nuevas reglas mundiales.

En ambos casos, la transición y redistribución de poder e influencia a nivel internacional constituyó el telón de fondo que facilitó la implementación de sus respectivas opciones estratégicas. Con modalidades distintas, Venezuela y Brasil buscaron utilizar su soft power en la región y en espacios extrarregionales. Apuntaron a robustecer sus vínculos con los semejantes y en un plano horizontal, antes que privilegiar sus lazos con los viejos poderosos del Norte. Pero su conversión de poderes regionales en potencias internacionales no se concretó. La implosión en Venezuela y el estado de la situación en Brasil han obstaculizado sus pretensiones.

Los cuatro ejemplos ponen en evidencia que la dinámica externa puede incidir, pero no determina los alcances de un poder regional. Las oportunidades y restricciones internacionales son muy importantes. Sin embargo, la clave para entender los límites de un poder latinoamericano radica en lo que sucede adentro. Las crisis de legitimidad, de régimen, socio-económicas, institucionales, políticas, del modelo de desarrollo, de seguridad interna son las que mejor explican las decepciones recurrentes de los poderes regionales en América latina.

Eso permite comprender por qué el peso de la región en la economía y la política mundiales ha sido bastante constante en las últimas cuatro décadas: contamos colectivamente menos de lo que cada país individualmente pretende. Sin verdaderas casas en orden es muy improbable ser una potencia internacional. Sin consenso, prudencia y esfuerzo es imposible ser un poder regional consolidado.