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Estados Unidos: incertidumbre e inquietud en América Latina

Donald Trump y algunos de sus asesores están generando mucho más que incomodidades. Alimentan la sensación de que los Estados Unidos pueden convertirse muy pronto en una fuente de preocupación real.

Juan Gabriel Tokatlian

Los Estados Unidos han escogido un presidente cuyo argumento fundamental se expresa en su “America First” (América, en primer lugar). La estrategia global que está detrás de Donald Trump no es una apelación a un aislacionismo reconfigurado, sino más bien una llamada a ejercer de manera agresiva la supremacía. Nada de lo que dijo en sus discursos de campaña significa un repliegue de la política mundial, ni tampoco una política exterior de perfil bajo. Trump prometió lo siguiente: muchísimos más fondos para la defensa; énfasis marcado en temas de seguridad y terrorismo; abandono de la promoción de los derechos humanos; mensajes de apoyo a los hombres fuertes y a los partidos reaccionarios en el extranjero; una diplomacia económica enfocada a sanciones y a represalias; unilateralismo como pauta de comportamiento en asuntos globales; desdén elocuente frente a los foros multilaterales, y falta de interés en la legalidad internacional.

De entrada, su mandato ya ha generado más como medio para ontera entre los dos pa globales; o guhombres fuertes  de una ansiedad: representa una fuente de seria preocupación para muchos en América Latina. Varios puntos corroboran esta afirmación.

En primer lugar, la abierta hostilidad con México causa alarma en toda la región. A la prolongación del muro a lo largo de toda la línea que separa los dos países, como medio para cerrar definitivamente la frontera, se le unen el anuncio de deportaciones masivas de mexicanos; las acusaciones de que los mexicanos que viven en los Estados Unidos son criminales y violadores; y el fin del NAFTA, entre otras cosas. Son crudos ejemplos de una diplomacia coercitiva, pensada contra un país que ha sido un buen vecino y que no amenaza a los Estados Unidos. En Julio pasado, Joseph Schmitz, quien fue ejecutivo de la oscura compañía de seguridad privada Blackwater y es actualmente asesor de Política Exterior y de Seguridad Nacional del nuevo Presidente dijo, refiriéndose a Trump y a Latinoamérica, que éste quería ser “honesto y justo con nuestros aliados, y honesto y duro con nuestros enemigos”. Por consiguiente: ¿es México un enemigo?

En segundo lugar, hablando sobre Cuba, y ya como candidato presidencial, Trump afirmó que “mantendremos (Guantánamo) abierto”, y que desharía el acuerdo alcanzado por Barak Obama e impondría un acuerdo “más fuerte”, sin especificar lo que eso significa. Según la posición de la Plataforma del Partido Republicano, en Julio de 2016, el acuerdo alcanzado por Obama con Cuba “fue una manera de plegarse vergonzosamente a las demandas de los tiranos”. La normalización, lenta y gradual, de las relaciones entre Washington y la Habana durante la administración demócrata no solo puede verse bloqueada, sino incluso puede verse revertida en el futuro próximo, debido a obsoletas posiciones ideológicas de políticos del ala dura, tanto en la Casa Blanca como en el Congreso. Si la innecesaria Guerra Fría en el continente se prolonga, será por culpa de los Estados Unidos.

En tercer lugar, la ausencia de señales positivas por parte de Trump o de sus asesores ante el nuevo acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, o ante la apertura del diálogo entre en gobierno de Venezuela y la oposición es, a la vez, sorprendente. ¿Puede la administración entrante preferir que se perpetúen los dos puntos calientes de la región andina? ¿Es el voto de Florida –donde viven 1,6 millones de cubano-americanos, colombiano-americanos y venezolano-americanos– todavía tan significativo como  para impedir que los Republicanos no apoyen abiertamente la estabilidad, en vez del conflicto, en Colombia y Venezuela?

En cuarto lugar, la absoluta centralidad otorgada al terrorismo por Donald Trump y su equipo se extenderá probablemente más allá de los Estados Unidos, Europa, Asia, el Norte de África y Oriente Medio. A pesar de que, tras el 11S, América Latina fue la única región del mundo que no sufrió ningún ataque letal por parte de algún grupo fundamentalista radical, el terrorismo parece estar muy arriba en la agenda del mandatario electo. Whalid Phares, ex ideólogo de una milicia cristiana de extrema derecha en el Líbano y actual asesor de política exterior de Trump, indicó en una entrevista con un periódico argentino que el “terrorismo” sería la primera prioridad en las relaciones entre los Estados Unidos y la Argentina. El general retirado Michael Flynn, ex director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa y hoy asesor clave de Trump en materia de cuestiones de defensa, ha venido reforzando la idea de la existencia de un vínculo entre el terrorismo y América Latina al afirmar, sin proporcionar más detalles, que los países que apoyan el terrorismo islámico están “cerrando tratos” con cárteles mexicanos para conseguir entrar en los Estados Unidos. Una vez más, esto genera una atmósfera amenazante sobre México, en particular, y sobre América Latina en general, que coloca supuestamente al terrorismo como un reto importante para los Estados Unidos en la región.

En quinto lugar, en el asunto de las drogas, Donald Trump se ha movido desde estar a favor de la legalización a principios de los años 90, a presentarse durante la campaña convencionalmente a favor de la “guerra contra las drogas”. Estuvo específicamente en contra de la legalización del uso recreativo de la marihuana, y defendió políticas más duras en la frontera y de persecución punitiva en relación a México, en el exterior, y hacia las llamadas “ciudades santuario”, en el interior de los Estados Unidos. Al mismo tiempo que América Latina, tras décadas de durísimo padecimiento, está intentando reformar lo que es una estrategia muy prohibicionista frente a las drogas, los Estados Unidos, bajo Donald Trump, parecen favorecer el regreso a la lógica de la “guerra contra las drogas”, tanto en casa como en el extranjero. En la región, ya sabemos que el discurso de la guerra es estadounidense, pero los muertos son latinoamericanos.

En resumidas cuentas, las proclamas de Donald Trump y de  algunos de sus asesores están generando en la región mucho más que duda e incomodidad. En realidad, no solo están poniendo en peligro anticipadamente las relaciones dentro de las Américas, sino que están también alimentando la sensación de que los Estados Unidos pueden convertirse muy pronto en una fuente de preocupación real.

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