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Todo tiene dos caras. ¿Qué significa el viaje de Obama en el actual contexto político latinoamericano?

En estos días en los que Cuba se prepara para recibir la visita del presidente de los Estados Unidos Barack Obama, la Revista Temas inicia la publicación de una serie de artículos de varios especialistas estadounidenses, cubanos y latinoamericanos en torno a las circunstancias en que esta tiene lugar, así como su significación en el momento actual de la política norteamericana, la realidad interna cubana y el contexto hemisférico.

Monica Hirst

Parece cuestionable la intención del gobierno de Barack Obama de otorgar un sentido regional que supere la dimensión bilateral de la visita del presidente a Cuba. Preguntar por el sentido de esta “jugada” se vuelve más pertinente cuando se tiene presente el momento político y económico latinoamericano. Ya no se observa el escenario de algunos años atrás, con  indicadores positivos de crecimiento, cooperación intrarregional en expansión y exitosas políticas exteriores activas y altivas. En la actualidad, el cuadro regional es de contracción económica, crisis social e incertidumbre política para varios países, comenzando por los pesos pesados suramericanos, como Brasil y Venezuela. El marco latinoamericano de la reanudación de relaciones entre Washington y La Habana habría tenido más sentido en el inicio del proceso de superación de hostilidades que en el momento presente.

Creo que la decisión de buscar un pendant suramericano para la visita a Cuba, seguida por la elección de Argentina como país sorteado, resultó más un ejercicio de descarte que de premiación indiscutible. Repasemos rápidamente la situación de la región. Irónicamente, Cuba es hoy el único socio del ALBA que puede asimilar la presencia de un presidente norteamericano. En cualquier otro existe el riesgo de turbulentas reacciones, que producirían un déjà vu de la visita de Nixon, como vicepresidente de los Estados Unidos, a Caracas, en 1958. Se descarta por lo tanto a Venezuela, Bolivia y Ecuador. Ir a Colombia resulta impensable, porque significaría el riesgo de una interferencia en su proceso de paz. Chile, Uruguay, Paraguay y Perú no tendrían el peso político necesario; y Brasil vive una crisis política interna de gravedad desconocida para la propia ciudadanía del país.

Con esta brevísima evaluación no pretendo ignorar el mérito argentino en la elección hecha por la Casa Blanca. El gobierno de Mauricio Macri, que todavía se encuentra en etapa de cierre de mollera, manifestó desde el primer momento la intención de estrechar relaciones con los Estados Unidos. Esta decisión pretende priorizar la faceta económica de la relación, vinculada a la firme decisión de promover el “retorno del país” a los mercados internacionales. De ahí la necesidad de resolver la pendiente negociación de la deuda externa argentina, especialmente la negociación de los holdouts –conocidos como “fondos buitres”.

Pero como la vida enseña, una cosa lleva a la otra. En el momento de planificar la visita a la Argentina, después de la visita a Cuba, la Casa Blanca probablemente no tuvo en cuenta la cuestión del calendario político del país. El día 24 de marzo corresponde a un feriado nacional que recuerda el día del golpe de Estado de 1976, y se ha convertido en un día simbólico de la memoria argentina sobre la violación de derechos humanos durante los años de la dictadura militar. Este año se cumplen cuarenta años desde lo ocurrido, lo que magnifica el propio feriado. No obstante, para el presidente Macri, la preservación de la memoria y los derechos humanos  no constituyen un tema de prioridad interna, como lo fue para el gobierno anterior. Para el presidente Obama, por otro lado, considerando el nefasto papel que los Estados Unidos desempeñaron en el apoyo a la masiva violación de derechos humanos del país, la coincidencia de la fecha también será fuente de cierta incomodidad. ¿Cómo practicar una misma política oficial de derechos humanos en Cuba y Argentina, sin caer en las contradicciones del doble discurso?

Un segundo terreno espinoso para el gobierno de Obama será la simultaneidad de su visita con la profunda crisis política que vive Brasil. No hay país mas próximo y estratégico para Argentina, sea cual sea la cara política de los gobiernos de turno y el estado anímico de la relación bilateral. La capacidad de impacto económico y político del momento brasilero no puede dejar de ser una fuente de preocupación en Buenos Aires. Pero la ilusión de una lógica de suma cero que especula con que esta realidad pueda ser benéfica en la relación con Washington todavía se hace presente en el imaginario de algunos segmentos de la élite argentina. La historia ya demostró que en el mediano y largo plazo las ventajas de esta matemática son mínimas y contraproducentes.

Por lo tanto, el gobierno de Obama tendrá que tomar sus cuidados para que la decisión de bajar hasta  Argentina no se vuelva un gol en contra —si bien el costo de tal desenlace será siempre menor en vista de la inamovible  irrelevancia de la región para los intereses estratégicos norteamericanos. Esta insignificancia se vuelve más indudable en un año de campaña presidencial sin horizonte de relección, lo que permite que cualquier desliz sea rápidamente convertido en un hecho del pasado para la nueva administración que tome posesión en 2017.

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