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Pensamiento creativo para un orden volátil

Según Richard Haas, el orden mundial atraviesa un proceso complejo y volátil de transición, ya que el posterior a la Segunda Guerra Mundial, caracterizado por la hegemonía de los Estados Unidos, la prosperidad y la distribución creciente de la riqueza, y la paz y la estabilidad general, no ha sido reemplazado aún por uno nuevo.

Por Arlene Tickner. Publicado originalmente en El Espectador

Según Richard Haas, el orden mundial atraviesa un proceso complejo y volátil de transición, ya que el posterior a la Segunda Guerra Mundial, caracterizado por la hegemonía de los Estados Unidos, la prosperidad y la distribución creciente de la riqueza, y la paz y la estabilidad general, no ha sido reemplazado aún por uno nuevo. Todo lo contrario, el poder se encuentra repartido entre muchos actores y regiones, entre los cuales no existen consensos mínimos que permitan actuar de forma mancomunada frente a los múltiples retos transfronterizos que asedian hoy día a la humanidad, entre los más importantes el calentamiento global y las pandemias.

Para Juan Tokatlian, se trata del ocaso del sistema internacional westfaliano, en el que Occidente impuso sus ideas en política, economía y seguridad, así como las reglas y mecanismos institucionales idóneos para garantizarlas, y su reemplazo por otro denominado Southfalia, en el que los países emergentes del Sur aún no han articulado alternativas distintas para administrar la transición.

Más alarmante aún, en la medida en que se desacelere el ritmo de la economía mundial y aumente la desigualdad, la predisposición al conflicto podrá crecer. El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, documenta el crecimiento en la concentración de la riqueza desde los años setenta, sobre todo en los países desarrollados, la cual llega a superar en casos como Estados Unidos la situación existente a principios del siglo pasado. El hecho de que el sufragio universal y las instituciones democráticas no hayan sido suficientes para frenar esta tendencia ha redundado también en la crisis de legitimidad de la democracia liberal.

Ante la incertidumbre planteada por el escenario descrito, es difícil no comprender el desencanto y la desidentificación de números crecientes de jóvenes alrededor del globo, que son a quienes más fuerte pegará la transición y mayor responsabilidad tendrán para diseñar estrategias para navegar en ella.

América Latina no ha estado exenta de los dolores de cabeza típicos de toda transformación de esta magnitud. A la vez que el déficit de liderazgo regional es palpable, los numerosos proyectos de integración y concertación que existen no han redundado necesariamente en mayor intercambio comercial intrarregional ni mejor cooperación. Asimismo, como lo sugieren los más recientes informes de Transparencia Internacional y Lapop, la democracia está asediada por altas tasas de corrupción y una situación generalizada de inseguridad ciudadana que han disparado el cinismo de la población sobre las instituciones.

Ante la imposibilidad de que un solo sector de la sociedad global —entre ellos, políticos, académicos, organismos internacionales y medios de comunicación— diseñe conocimientos y estrategias adecuados para hacer frente al cambio sísmico del orden mundial, la creación de sinergias y formas creativas de pensamiento se ha vuelto imperativa. En su reunión anual, el recién creado Consejo de Relaciones de América Latina y el Caribe (RIAL), propuso justamente esto. En una región caracterizada por una cultura política alérgica al debate público, la promoción de un espacio de diálogo entre múltiples actores no podría ser más oportuna. Se trata nada menos que de cultivar una reflexión crítica y pluralista desde América Latina sobre la región y el mundo, en un momento en el que el statu quo ha demostrado ser incapaz de lidiar con la coyuntura actual.

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